Cuando cae la noche en la calle Rufino Cossio, el límite Este del parque Batalla de Tucumán, sólo se oyen grillos, motos con escape libre, y una vecina que intenta en vano entonar una ópera inescrutable.
No se escuchan, en cambio, nombres ni apellidos de los vecinos que conversan con LA GACETA para narrar las desventuras y los delitos que se padecen en esa arteria que nace en la avenida Mate de Luna y muere sobre el pasto, hacia el sur, unos 100 metros después de la calle Las Piedras.
Tiene paisaje de campiña en comparación con el que ofrece Yamandú Rodríguez, con vista a La Costanera. Pero los que viven a la vera del río Salí le ponen su identidad al testimonio de sufrir la delincuencia porque viven la inseguridad casi como un relajo: como si no fuera suficiente la pobreza, también tienen que perder lo poco que tienen con malvivientes que canjean el botín por droga y se lo fuman. En cambio, da la impresión de que los que lindan con el parque Guillermina (como el común de los tucumanos llama a ese espacio verde) asumen la inseguridad casi como una vergüenza. No importa si pública o privada: vergüenza al fin, de la que pueden hablar si no se consigna cómo se llaman.
Más sombras que luces
"Aquí hay muchos atracos. Y los vecinos vivimos con las puertas cerradas y detrás de las rejas. Siempre fue una zona de alto riesgo, con robos a granel. No se salvó ninguna puerta ni ninguna ventana de mi casa. Todo está descuidado. Nos descuidaron las autoridades, pero muchos vecinos también descuidan la zona, y arrojan agua desaprensivamente en la calle, y tenemos charcos todo el tiempo. Algunos pagan la seguridad privada, pero mientras los guardias están en un lado, los ladrones roban en otro", detalla una señora sesentona.
Un vecino que raspa los 40 prefiere una retórica. "¿El barrio está monitoreado? No lo sabemos. Pusieron cámaras de seguridad, pero parece que nadie está mirando lo que filman: yo saqué a un chorro del fondo de mi casa después de que las instalaron. Lo peor fue el circo que montaron. El día que colocaron la cámara, vino una patrulla a correr a seis chicos que jugaban a la pelota en el parque y no le hacían nada a nadie, para mostrar que estaban atentos. Después, se cansaron de asaltar mujeres y no apareció ni un policía por aquí".
Para un ama de casa, todo está abandonado. "La gente que viene a caminar al parque no tiene por donde hacerlo. No hay cestos para la basura. Cortan el césped, pero no recogen el pasto cortado. Y nos cambiaron la iluminación para peor: sacaron los focos de luz blanca e intensa, que alumbraban mucho, y los reemplazaron por farolitos. Para eso sí son ecológicos y pregonan el consumo bajo y eficiente del alumbrado público. Pero yo pago mis impuestos al día y quiero que no ahorren en iluminación: en todo caso, gasten menos en planes sociales. Encima, cuando reclamamos seguridad, amenazan con alambrar el parque, cosa que de ninguna manera queremos".
La hora señalada
Hacia el final de la calle, uno de los frentistas de la Rufino Cossio propone reescribir uno de los consejos del Viejo Vizcacha en el Martín Fierro. "Ya no existe más lo de 'hacete amigo del juez': ahora, si querés vivir tranquilo, tenés que hacerte amigo del chorro", propone. "Desde Las Piedras hacia Mate de Luna no hay veredas, y la gente tiene que caminar por la calle. Y la iluminación que pusieron alumbra los frentes de las casas, pero no el parque, al cual deberían encandilarlo".
"Pusieron cámaras pero la presencia policial es nula, así que siguen los arrebatos", relata Néstor. "A mi hija la asaltaron dos veces entre las 8 y las 9 de la mañana. A mi mujer, en ese horario, también la robaron. Cuando hicimos la tercera denuncia, en la Policía nos dijeron que a esa hora no hay agentes porque a las 8 es el cambio de guardia. ¿Por qué no vienen a hacer el cambio de guardia en esta calle? La única hora a la que estamos seguros es la que va de las 14.30 a las 15.30. A esa hora pasa Alperovich caminando, custodiado por policías de a pie, en moto, en cuatriciclos y en autos".